La ley del amor y el amor de la ley
Artículo traducido del inglés originalmente publicado por Kevin DeYoung el 11 de agosto de 2011
Algunos cristianos cometen el error de enfrentar el amor contra la ley, como si fueran mutuamente excluyentes. O tienes una religión de amor o una religión de ley. Pero tal ecuación es profundamente antibíblica. Para aquellos que están empezando, “amar” es un mandamiento de la ley (Deut. 6:5; Lev. 19:18; Mat. 22:36-40). Si animas a la gente a amar, les estás dando ley. En cambio, si les dices que la ley no importa, pues tampoco importa el amor, el cual es el resumen de la ley.
Además considera la íntima conexión que Jesús hace entre el amor y la ley. Para Jesús no hay amor si no se guarda la ley (Juan 14:15). Pero dice más. Jesús conecta la comunión con Dios con guardar los mandamientos. Cuando guardamos los mandamientos de Cristo, le amamos. Y cuando amamos a Cristo, el Padre nos ama. Y la persona que es amada por el Padre, es amada por Cristo y Cristo se le revela (Juan 14:21). Entonces, no podemos permanecer en el amor de Cristo si no guardamos sus mandamientos (Juan 15:10). Esto significa que no hay plenitud de gozo si no buscamos la santidad (Juan 15:11).
La ley de Dios es una expresión de su gracia. La ley es el plan de Dios para que su pueblo santificado goce de una comunión con él. Por este motivo los Salmos están llenos de declaraciones de deleite en referencia a los mandamientos de Dios. Incluso habiendo pasado el pacto de Moisés, sin duda el salmista es un ejemplo para nosotros. El hombre feliz se deleita en la ley del Señor y medita en ella de día y de noche (Sal. 1:2). Los preceptos y reglas del Señor son más dulces que la miel y más deseables que el oro (Sal. 19:10). Sí, la ley puede incitar al hombre natural al pecado (Gal. 3:19, 22). Pero los que son de Dios se regocijan en sus estatutos y contemplan cosas maravillosas en su ley (Sal. 119:18). Desean guardar con firmeza sus estatutos (v. 5). En los ojos del creyente la ley es, todavía, verdadera y buena. Es nuestra esperanza, nuestro consuelo y nuestra canción.
No tengamos miedo de abrazar la ley – nunca como el medio para merecer la justificación, pero como la expresión adecuada de haberla recibido. No pasa nada si un sermón termina con algo que tenemos que hacer. No es inapropiado que nuestra consejería exhorte a la obediencia. El legalismo es un problema en la iglesia, pero el antinomianismo también lo es. Vale, no oigo a nadie que diga “continuemos en pecado para que la gracia abunde” (Rom. 6:1). Esta es la peor forma de antinomianismo. Hablando de forma estricta, antinomianismo simplemente significa “no ley”, y algunos cristianos tienen muy poco lugar para la ley en la búsqueda de la santidad. Un erudito dice en referencia a un pastor antinomiano de la Inglaterra del siglo 17: “Él creía que la ley servía para un fin útil al convencer a los hombres de su necesidad de un Salvador; no obstante, le daba poco o ningún lugar en la vida de un cristiano puesto que mantenía que ‘la gracia gratuita es la profesora de las buenas obras’”. Enfatizar la gracia gratuita no es el problema. El problema está en asumir que las buenas obras fluirán de forma invariable solamente de un diligente énfasis en el evangelio.
La ironía es que si convertimos cada imperativo en un mandamiento para creer el evangelio de una forma más plena, estamos convirtiendo el evangelio en una cosa más que tenemos que hacer bien y la fe se convierte en aquello en lo que tenemos que ser mejores. Si creemos de verdad, la obediencia se ocupará de si misma. No hay necesidad de mandamientos o esfuerzo. Sin embargo, la Biblia no razona de esta forma. La Escritura no tiene ningún problema con la expresión “por tanto.” Gracia, gracia, gracia, por tanto, deja de hacer esto, empieza a hacer aquello y obedece los mandamientos de Dios. Las buenas obras siempre deberían estar arraigadas en la buena noticia de la muerte y resurrección de Cristo, pero creo que esperamos demasiado del “flujo” y no hacemos lo suficiente para enseñar que la obediencia a la ley – de un espíritu dispuesto, hecho posible por el Espíritu Santo – es la respuesta correcta a la gracia gratuita.
Por mucho que Lutero ridiculizara el mal uso de la Ley, no rechazó el papel positivo de la ley en la vida del creyente. La Fórmula de la Concordia Luterana acierta plenamente cuando dice, “Creemos, enseñamos, y confesamos que la predicación de la Ley debe ser exhortada con diligencia, no solamente sobre el incrédulo e impenitente, pero también sobre los creyentes verdaderos, quienes han sido verdaderamente convertidos, regenerados y justificados por fe” (Epítome 6.2). Los predicadores deben predicar la ley sin temor. Los padres deben insistir en la obediencia sin sentir vergüenza. La ley puede, y debería, ser exhortada a los creyentes verdaderos – no para condenar, sino para corregir y promover semejanza a Cristo. Tanto los indicativos de la Escritura como los imperativos son de Dios, para nuestro bien y dados en gracia.
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